A propósito de la Bienal de Arquitectura de Venecia
30 septiembre 2026
La reciente decisión de la Subsecretaría de las Culturas de anular el concurso destinado a seleccionar la representación de Chile para la 20ª Bienal de Arquitectura de Venecia abre un debate que excede un aparente error administrativo.
Este episodio obliga a reflexionar sobre el valor de los concursos de arquitectura en la promoción de la calidad y el avance disciplinar. Desde finales del siglo XIX con el concurso para la reconstrucción del Congreso Nacional en 1895[1], en Chile se ha construido una cultura que reconoce el concurso como un mecanismo que garantiza la transparencia en las adjudicaciones, a través de la competencia abierta de oficinas y arquitectos, apuntando a la búsqueda de la excelencia profesional.

No se trata entonces solo de seleccionar una propuesta, sino de garantizar que la elección sea resultado de un procedimiento limpio, que supera intereses individuales, y que se funda en criterios profesionales, al ser evaluado por un jurado de especialistas.
Así, el concurso como mecanismo de elección provee validación pública a través de tres mecanismos. Por un lado, el anonimato que preserva la imparcialidad, la independencia de juicio y la transparencia del arbitraje. Por otro, el jurado aporta capacidad técnica objetiva, garantizando que la elección se fundamente en criterios conceptuales, espaciales, constructivos y culturales. Y, finalmente, el despliegue de alternativas ante el mismo encargo permite la deliberación y fortalece la legitimidad de la decisión final[2].

La representación de Chile con un pabellón nacional en la Bienal de Venecia se viene realizando desde el 2006 donde se presentaron las transformaciones urbanas y arquitectónicas de Santiago a través de los proyectos del Centro Cívico realizados por arquitecto Cristián Undurraga. Así, con más 20 años de presencia chilena en el evento de mayor relevancia para la arquitectura en el mundo, este evento constituye una política cultural que ha superado las administraciones, pasando primero a ser convocado por la DIRAC y posteriormente siendo dirigido desde el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.
Esta trayectoria reporta hitos importantes como la obtención de León de Plata al arquitecto Alejandro Aravena el 2008; y el mismo premio para el arquitecto Pedro Alonso y el diseñador Hugo Palmarola, en el 2014; además de la curatoria general que realizó el mismo Aravena el año 2016 con «Reporting from the Front», entre otros interesantes momentos que han quedado registrados en los catálogos tanto nacionales como de la misma bienal.

Esta larga historia de éxitos nacionales en la bienal debiese ser recordada como fundamento para la preservación de la confianza en los concursos para el pabellón chileno. Y de esta manera, también respetar la arquitectura chilena contemporánea que tiene un espacio ganado en el concierto internacional.
[1] Molina, Cristóbal. “Concursos de Arquitectura en Chile: su aparte al desarrollo cultural y la calidad de vida”. CNCA. Santiago, 2014.
[2] Cortés, Macarena. “Manual de procedimientos de contratación pública de Arquitectura: Libro Blanco de Concursos y Licitaciones de Arquitectura”. Colegio de Arquitectos de Chile y CNCA. Santiago, 2017.
Por: Macarena Cortés D., directora del Centro del Patrimonio Cultural UC.
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